Pero yo, habitante de ficciones, marco mis huellas cada vez que pienso en ti, coleccionando las hojas que dejas en tu recorrido, por qué sin querer habitamos paralelos, los mismos senderos que llevan a la lámpara que contiene todos los colores.
Y si bien, me hablas y me culpas de dualidades o bucles abiertos en condena que repite este ciclo incomprensible a toda sincronía. Y reconozco todas las condenas provocadas por este pecho que no se cansa de disparar bengalas al oriente de esa cordillera que siempre te observa. ¿Cómo educo una renuncia a lo que insiste en quedarse y tiene vida propia? ¿Cómo dejar la esperanza que no muere y da cátedras a otras esperanzas, y habla tres idiomas, como tú?
Y si te apareces, mutas y te vuelves brote, mientras riegas las cariñosas plantas que decoran tu relato. También reconoce de una vez que tú armaste y construiste tus propios bucles y paralelismos que habitan contigo. Y también disparaste bengalas invisibles a la mismas ciudad de tu postergada patria. Por que eres experta en el arte de llegar tarde y culpar a la libélula que duerme en tu pecho de la inconfesable verdad, que te gusta mirar de reojo al norte que desde hace muchos años te habla, te mira y te escribe.
Y hay tantas ganas de habitarse y de envolverse en la piel que tanto combina con los tonos que te pertenecen desde siempre. Y simulo acampar en tu pecho que tiene todas las calmas, todos los llantos y todas las plantas.
Y si está vez guionamos este relato Rashomon, unificando versiones, para que mi idioma sea tú idioma y en el crepitar semántico de tus labios me vuelvo polilla moribunda, que alarga sus días para jugar en bucle en tus inquietantes dedos.
Por que al final, en esta escena eterna del casi algo, para mí eras, eres, serás....
Siempre serás.
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